21 diciembre 2006
La Otra baja... la que yo vi.(2)

Y ahora qué, a dormir. Que mañana hay que madrugar, el alba es el mejor compañero de viaje. Otra vez nos liamos en el despertar, el único que se toma esto en serio es el Nachete que duerme poco, o casi no duerme como los Búhos. A ratos, si es por el, nos llama a las cuatro de la mañana todos los días, al final lo único que quiere es compartir sus desvelos con alguna victima.
Y por fin arrancamos, unos siguiendo el GPS, otros siguiendo a los otros y otros buscando camino. Y ahora llega D. Antonio Machado y pone su mejor ejemplo, caminante no hay camino se hace camino al andar, y bla, bla. Bla.
Atocha, a la vista mi capitán dijo la mente al piloto, y como un espectro en la línea del horizonte apareció la figura puntiaguda de la estación. Perdón, de la montaña de los reagrupamientos, al final la bautizamos así, por que el tren pasa cerca, aunque algunos todavía no lo hayan visto, pero sí oído, en los sueños.
Claro, antes de llegar allí tuvimos que conocer una pequeña tormenta de arena, que dificulta la visibilidad del GPS. Que es lo único que hay que ver, de momento.
Desde aquí a Benamira, solo quedan ochenta kilómetros, cálculos mentales. Volvimos a dejarnos atrapar por la majestuosidad de esta mole gigante que negra y bestial desafía los ciclos de la evolución terrestre.
Después de relajarnos y que algunos se dieran cuenta, que el agua caliente y los baños de sales son para la sociedad moderna. Empezamos con la limpieza de filtros y ajustes de tortillerías. Habíamos llegado temprano a la gran roca, pero el coche de los turistas se quedo atrapado en la arena, un chofer Saharaui, que hablaba español, pero que conducía malamente, nada acorde para vivir en el desierto. La vergüenza del pilotaje nativo, ya se encargaron los otros moros de despedirlo y dejarles el coche tirado, aun así la experiencia de cinco horas de enterramientos no se las quitan a Pili, Mª Carmen y Felipe, que descubrieron la otra cara del viaje africano, llegando entrada la noche al campamento, con rescate incluido.
Aquella noche tras la cena, cuando todos dormían me deje imantar por el magnetismo del monstruo de la roca, observarla en el silencio mortecino es impresionante, de veras. Ir a Benamira que es masculino y no visitar a su novia Aysa. Así se oye, no se escribe, que la única peculiaridad que tiene, es la del gran coñón, espectacular desde luego y la acampada de los fumados. Según cuenta la leyenda reciente, un grupo de artistas, escultores del mundo, se reunieron junto Aysa. La novia de benamira, acamparon un mes, se fumaron tres kilos de hachís y algo más, e hicieron unas bonitas esculturas, el único que es capaz de conocer la historia, con más o menos detalles es Cheg, nos lo contó entre risas, que antes eran el guardián del campamento, pero ya el pasado año, se quito la Chilaba y le vimos con pantalones vaqueros, pero es que este año, lo han nombrado alcalde del pueblo, y claro, sin guía, ahora a las esculturas empiezan a cambiarle la leyenda de lo que allí paso.
Preparar el día después, reestructurando con un coche menos la caravana, para llegar a Ouadanne dejó de ser un problema, cuando marchamos navegando por las escasas dunas que llegan a Choum. Desde ahí hasta Atar, es dibujar estelas de polvo entre pistas enlazadas y roderas de camiones viejos, en un profundo valle interminable, el siguiente pueblo en atravesar fue Sutgi, me cae bien este pueblo, no así las ciudades, es la antesala de la gran ciudad del Adrar.
En la gasolinera más moderna que visitamos repostamos alimentos y gasolina, el alimento consistía en barras de pan de leña rellenas con el pecado del Mahoma, el Jalufa, ese pecado, lo llevamos nosotros en bolsas precintadas, el pan lo ponen ellos, Llegar a Ouadanne, nos iba a pillar la noche, como íbamos por la pista larga y aburrida la ventaja era favorable y el palizón también. Que nos lo aclare Mamé, con el guantazo que se dio en la larga noche del enlace, gracias Allah, solo fue un buen susto, y su pase a peor vida, que es viajar en el coche dando saltos enlatados.
El campamento de Ouadanne es bastante decente y el olor a estofado de camello, que dicen que era gallina, lo dudo, si fue así estaba la pobre en el chasis, el hecho es que despertó el instinto de la nutrición.
Y por fin arrancamos, unos siguiendo el GPS, otros siguiendo a los otros y otros buscando camino. Y ahora llega D. Antonio Machado y pone su mejor ejemplo, caminante no hay camino se hace camino al andar, y bla, bla. Bla.
Atocha, a la vista mi capitán dijo la mente al piloto, y como un espectro en la línea del horizonte apareció la figura puntiaguda de la estación. Perdón, de la montaña de los reagrupamientos, al final la bautizamos así, por que el tren pasa cerca, aunque algunos todavía no lo hayan visto, pero sí oído, en los sueños.
Claro, antes de llegar allí tuvimos que conocer una pequeña tormenta de arena, que dificulta la visibilidad del GPS. Que es lo único que hay que ver, de momento.
Desde aquí a Benamira, solo quedan ochenta kilómetros, cálculos mentales. Volvimos a dejarnos atrapar por la majestuosidad de esta mole gigante que negra y bestial desafía los ciclos de la evolución terrestre.
Después de relajarnos y que algunos se dieran cuenta, que el agua caliente y los baños de sales son para la sociedad moderna. Empezamos con la limpieza de filtros y ajustes de tortillerías. Habíamos llegado temprano a la gran roca, pero el coche de los turistas se quedo atrapado en la arena, un chofer Saharaui, que hablaba español, pero que conducía malamente, nada acorde para vivir en el desierto. La vergüenza del pilotaje nativo, ya se encargaron los otros moros de despedirlo y dejarles el coche tirado, aun así la experiencia de cinco horas de enterramientos no se las quitan a Pili, Mª Carmen y Felipe, que descubrieron la otra cara del viaje africano, llegando entrada la noche al campamento, con rescate incluido.
Aquella noche tras la cena, cuando todos dormían me deje imantar por el magnetismo del monstruo de la roca, observarla en el silencio mortecino es impresionante, de veras. Ir a Benamira que es masculino y no visitar a su novia Aysa. Así se oye, no se escribe, que la única peculiaridad que tiene, es la del gran coñón, espectacular desde luego y la acampada de los fumados. Según cuenta la leyenda reciente, un grupo de artistas, escultores del mundo, se reunieron junto Aysa. La novia de benamira, acamparon un mes, se fumaron tres kilos de hachís y algo más, e hicieron unas bonitas esculturas, el único que es capaz de conocer la historia, con más o menos detalles es Cheg, nos lo contó entre risas, que antes eran el guardián del campamento, pero ya el pasado año, se quito la Chilaba y le vimos con pantalones vaqueros, pero es que este año, lo han nombrado alcalde del pueblo, y claro, sin guía, ahora a las esculturas empiezan a cambiarle la leyenda de lo que allí paso.
Preparar el día después, reestructurando con un coche menos la caravana, para llegar a Ouadanne dejó de ser un problema, cuando marchamos navegando por las escasas dunas que llegan a Choum. Desde ahí hasta Atar, es dibujar estelas de polvo entre pistas enlazadas y roderas de camiones viejos, en un profundo valle interminable, el siguiente pueblo en atravesar fue Sutgi, me cae bien este pueblo, no así las ciudades, es la antesala de la gran ciudad del Adrar.
En la gasolinera más moderna que visitamos repostamos alimentos y gasolina, el alimento consistía en barras de pan de leña rellenas con el pecado del Mahoma, el Jalufa, ese pecado, lo llevamos nosotros en bolsas precintadas, el pan lo ponen ellos, Llegar a Ouadanne, nos iba a pillar la noche, como íbamos por la pista larga y aburrida la ventaja era favorable y el palizón también. Que nos lo aclare Mamé, con el guantazo que se dio en la larga noche del enlace, gracias Allah, solo fue un buen susto, y su pase a peor vida, que es viajar en el coche dando saltos enlatados.
El campamento de Ouadanne es bastante decente y el olor a estofado de camello, que dicen que era gallina, lo dudo, si fue así estaba la pobre en el chasis, el hecho es que despertó el instinto de la nutrición.
Continuará...